Las razones de esta urbanización acelerada son conocidas. Las áreas urbanas concentran el poder, la riqueza, la comunicación, la ciencia, la tecnología y la cultura en todas las sociedades. Y lo hacen porque la proximidad territorial permite economías de escala y economías de sinergia. Por consiguiente se concentran en esas áreas urbanas los puestos de trabajo, los mejores servicios educativos y sanitarios, las oportunidades para cada persona y para sus hijos. Y las nuevas tecnologías de comunicación y de transporte permiten concentrar la decisión y descentralizar el control y la aplicación de esas decisiones en el país y en el mundo.
La urbanización se generaliza, pero con formas nuevas. Los transportes rápidos y las telecomunicaciones acercan lugares dispersos en el espacio, integrando funcionalmente grandes extensiones territoriales. La ciudad no puede entenderse sin su área metropolitana: ¿dónde empieza Barcelona y acaba l'Hospitalet?
Pero la unidad espacial real va más allá de las áreas metropolitanas para abarcar lo que los expertos llaman regiones metropolitanas. Son unidades territoriales relacionadas por sistemas de comunicación y transporte que funcionan como el espacio cotidiano para millones de personas, como es el caso de las metrópolis de Londres, de París, de Nueva York-Nueva? Jersey, del gran Los Ángeles, de Ciudad de México, de Sao Paulo, de Buenos Aires, de Hong Kong-Canton?, de Tokio-Yokohama?.
En Europa, regiones como el Randstaad holandés o las conurbaciones del suroeste o norte de Alemania, incluyen múltiples núcleos urbanos en una red de intercambios cotidianos que hace de esa realidad metropolitana el hábitat típico de nuestra civilización.
Se habla de Catalunya como "ciudad de ciudades". No es que toda Catalunya esté urbanizada, ni siquiera suficientemente conectada. Pero casi la totalidad del territorio catalán, incluyendo la Catalunya Nord, puede funcionar como espacio/tiempo de intercambio casi cotidiano, aunque la capacidad de utilizar el conjunto de ese espacio está desigualmente distribuida entre los ciudadanos. Estas formas espaciales (que Joel Garreau caracterizó como "ciudad en el borde") son muy distintas de las de la era industrial. Incluyen campo en la ciudad, espacios naturales, agricultura e industria mezcladas, servicios direccionales y servicios a la población, núcleos históricos y periferias residenciales que se hacen centrales con el tiempo con respecto a nuevos desarrollos. Y son estructuras plurinucleares, es decir, que la oposición entre la ciudad central y sus periferias es sustituida por la aparición de distintos núcleos densos, antiguos o nuevos, que articulan de forma descentralizada el área metropolitana. En esa estructura las personas circulan con movilidad creciente.
Como Mitchell señala en su libro, "Me++", muchos trabajamos desde todos sitios: en la oficina, en casa, en el tren, en los aviones, en los cafés, en las salas de espera o por teléfono móvil mientras conducimos o andamos. Los espacios/tiempo de trabajo han invadido los demás espacios de vida. Así pues, la organización espacial de la era de la información está formada por regiones metropolitanas, internamente descentralizadas y globalmente conectadas mediante una red de comunicaciones, sistemas de información e infraestructuras de transporte que articulan selectivamente lo local y lo global. Michael Dear ha documentado la transición del modelo industrial de Chicago al modelo postindustrial de Los Ángeles como forma dominante de los asentamientos humanos en nuestro tiempo, por encima de las características históricas de cada contexto urbano.
La cuestión que se plantea en este contexto es la desaparición de la ciudad como forma cultural y política específica. Esas inmensas regiones metropolitanas no tienen gobiernos propios, puesto que las responsabilidades están compartidas en un sistema institucional que no se corresponde a su escala o a su dinámica espacial. Y dejan de ser culturas basadas en la experiencia y en la historia, ya que su multiculturalidad interna y su fragmentación social hacen difícil el establecimiento de valores comunes y de pautas de comportamiento compartidas. La gran paradoja de nuestro tiempo es la crisis de la cultura de la ciudad en un mundo urbanizado. La crisis se acentúa por la presión del mercado y la inhibición del Gobierno. Como la fuente de riqueza y poder de la ciudad depende de su conexión a redes globales y de su competitividad en dichas redes, el mercado tiende a privilegiar aquellas localizaciones que maximizan las ventajas para los flujos globales. Y los gobiernos tienden a favorecer las condiciones de competitividad de sus territorios. Producir primero para redistribuir después. Frecuentemente en ese proceso los gobiernos se separan de sus representados porque la priorización de la estrategia de crecimiento global sobre los deseos y valores de la ciudadanía local es una espiral sin fin.
Sin embargo, no hay un modelo único de ciudad. Las sociedades locales construyen sus propios
proyectos. Barcelona desarrolló en las últimas dos décadas un modelo alternativo, en el que la calidad de vida, la identidad como cultura urbana y el respeto a lo local se convirtieron en factores de competitividad global.
El excelente y reciente libro de Jordi Borja "La ciudad conquistada" se inspira de ese modelo, del que fue uno de sus actores, pero también de muchas otras experiencias urbanas en el mundo que muestran cómo el control ciudadano sobre las condiciones de desarrollo de la ciudad pueden estructurar un espacio diferente. Un espacio igualmente organizado en torno a la dinámica de la gran región metropolitana conectada en redes mundiales. Pero en donde se privilegia el espacio público como espacio de convivencia social y comunicación. Una ciudad donde la sociedad civil define las condiciones de su propia articulación a las redes globales. Y un urbanismo en el que los equipamientos colectivos y el acceso igualitario a vivienda y servicios son la prioridad no negociable. Sin embargo, Borja, con otros expertos como Stephen Graham, Oriol Bohigas o Mauricio Marcelloni, también muestra los límites de una gestión confrontada a las presiones comerciales de la globalización.
La ciudad abierta al turismo puede convertir en parques temáticos para visitantes áreas enteras de la ciudad (como podría ser el caso de la Rambla en Barcelona). Los conectores de comunicación (como aeropuertos, estaciones, sistemas de autopistas) pasan a ser los centros de actividad social privilegiada.
La monumentalidad urbana se expresa preferentemente en una arquitectura corporativa. Y los menguantes presupuestos públicos no permiten mantener en la ciudad a una parte de su población, empezando por los jóvenes. Así, lo que queda de cultura de la ciudad se transforma en objeto de consumo para los cosmopolitas de las redes globales.
La contradicción entre ciudad global, dependiente de las redes transterritoriales de poder y riqueza, y la ciudadanía local, que construye su cotidianidad a partir de los lugares en que vive, se plantea en todos los modelos de urbanización, sean Los Ángeles o Barcelona. La cultura de la ciudad, como fuente autónoma de sentido construido a partir de la historia, la geografía y la política, puede difuminarse en el anonimato de la región metropolitana o transformarse en icono cultural para su consumo por elites privilegiadas que embalsaman en su imaginario el derecho a la ciudad.
- ''MANUEL CASTELLS, catedrático emérito de Planificación Urbana y Regional de la Universidad
NR: artículo originalmente publicado en LA VANGUARDIA, Barcelona, el 9.5.04 y divulgado por
el Foro Territori es.groups.yahoo.com/group/territori








